Los bebés aprenden a moverse solos

Autor: Cecilia Galli Guevara
Es muy común que ayudemos a nuestros pequeños a moverse y que les enseñemos a sentarse y a caminar. Pero ¿es beneficioso para ellos? Luego de años de estudios, la especialista Emmi Pikler concluyó que el desarrollo motor surge de manera espontánea y que las enseñanzas de los grandes pueden no ser lo mejor para los chicos.
No es poco común que, cuando nace un niño, sus padres, aunque disfrutemos plenamente de cada etapa, imaginemos con ilusión el próximo paso del bebé: cuando sostenga la cabeza, cuando se siente, cuando camine… Y también es muy corriente que “ayudemos” a nuestra cría a hacer movimientos que, por su edad, todavía no puede realizar. Así, por ejemplo, los sentamos protegidos y hasta sostenidos por almohadones para que no puedan caerse, porque todavía no pueden mantenerse erguidos. O, con pocos meses de vida, los ponemos de pie pensando que ellos lo piden, malinterpretando una necesidad del niño de ser llevado en posición vertical para observar el mundo desde esa perspectiva. Pero puede ser que, como observó la pediatra Emmi Pikler en el hogar para niños que dirigió en Budapest, esta intervención no sea necesaria, y que por el contrario sea perjudicial.
Emmi Pikler (1902-1984) fue una importante pediatra húngara que dirigió el Instituto metodológico de educación y cuidados de la primera infancia de Budapest (conocido como Instituto Lóczy, hoy llamado Instituto Pikler), fundado para bebés que necesitaban cuidados prolongados lejos de sus familias. Creó un sistema educativo basado en el respeto al niño, en el que el adulto adopta una actitud no intervencionista que favorece el desarrollo.
Pikler estaba convencida de que el desarrollo motor es espontáneo; y aseguraba que, si se les proporcionan ciertas condiciones, los niños alcanzan por sí mismos un desarrollo motor adecuado. El adulto no “enseña” movimientos ni ayuda a realizarlos, y los niños se mueven y se desarrollan regidos por su propia iniciativa. Por otro lado, no se le impide al niño la realización de ningún movimiento, por lo que en este sentido es completamente libre: si un niño que camina quiere reptar y rodar, no hay nada de malo en eso.
¿Pero no es bueno que los adultos “ayudemos” a nuestros niños y les “enseñemos” a realizar los movimientos? A esta pregunta Emmi Pikler respondía que “ayudar” a los niños cuando ellos no están listos para realizar ciertos movimientos por sí mismos es perjudicial. Y explicaba que muchas veces el adulto actúa motivado por la costumbre: estamos habituados a hacerlo, y eso nos resulta habitual. Pero que exista el hábito no significa que sea beneficioso.
En su libro Moverse en libertad, la pediatra observa varios inconvenientes de esta ayuda modificadora del adulto:
  • Primero, al poner al niño en una postura que no podría adoptar por sí mismo lo obligamos a estar inmóvil: el niño no puede salir de esa posición. Si, por ejemplo, echamos boca abajo a un bebé pequeño, en contraposición con dejarlo boca arriba, donde puede moverse, tomar sus pies, mirar para los costados, estamos frenando su capacidad de movimiento.
  • En segundo lugar, las posiciones en las que ponemos a los niños no son normales para él o ella; como consecuencia, la postura de los músculos no es natural, es forzada, y los músculos quedan tensos o con malas posiciones.
  • Por último, el niño que hemos puesto en una posición a la que no puede llegar solo queda condenado a depender del adulto para cambiar de postura. Estaremos fomentando su dependencia del adulto y frenando su desarrollo autónomo.
Además, con intervención del adulto, el niño pierde etapas intermedias de su desarrollo motor, como el reptar (muchas veces cuando un niño que está sentado decide deslizarse para reptar, sus cuidadores lo levantan y vuelven a sentarlo, inhibiendo su voluntad y ejerciendo una prohibición sobre el movimiento) o el gatear, etapas que son necesarias antes de adoptar posturas nuevas y de conquistar destrezas más avanzadas.
Para permitirles libertad de movimiento a los niños, dice Emmi Pikler, es importante que ellos tengan espacio suficiente para moverse y ropa que les permita mover sus miembros cómodamente. El espacio para los niños debe además ser seguro y estar adaptado a ellos. Y si bien el adulto está siempre junto al niño y lo incentiva a desarrollarse, no debería ofrecerle su ayuda en lo que a movimientos respecta: no se lo sienta, no se lo pone de pie, no se le ofrece un dedo para que pueda sostenerse ni se lo “tienta” con juguetes para que avance. La autora aclara que la no intervención del adulto no se debe a una falta de interés en el niño; por el contrario, los adultos festejan con regocijo el adelanto del niño, como lo harían si ellos hubieran intervenido en el desarrollo de manera activa. Por último, el adulto debe mantener con el niño una relación paciente y respetuosa.
Pikler observa que los niños que aprenden los nuevos movimientos por sí mismos tienen mejor equilibrio, mayor coordinación, mayor seguridad en sus actividades y por eso son menos propensos a sufrir accidentes. Además, vivencian más “a fondo” el proceso de aprendizaje y tienen mayor seguridad en sí mismos. Sus estudios concluyen que las enseñanzas y la ayuda del adulto no es condición necesaria para el desarrollo motor del niño, y que además pueden perjudicarlo al ponerlo en situaciones para las que no están maduros todavía.
Por último, la pregunta obligada: ¿quiénes progresan más rápido? ¿Los niños de Lóczy o los educados según métodos tradicionales? Las anotaciones de Emmi Piker lo develan: luego de comparar sus estudios con seis tablas confeccionadas por especialistas, la pediatra observa que las edades son inferiores en el caso de sus pupilos por lo general progresaban más rápido. Sólo nota atrasos en dos etapas: volverse de la posición ventral a la dorsal y ponerse de pie. La causa del retraso del primer movimiento la atribuye a las circunstancias dadas en su instituto: “el niño sólo realiza este movimiento tras haber aprendido a volverse de la posición dorsal a la ventral”, dice. Y continúa: “El retraso referente a la posición de pie es probablemente debido a una mayor libertad de movimientos, al gran espacio de que dispone para desplazarse reptando (…). El niño que pasa poco tiempo en la cuna aspira más tardíamente a la posición vertical”.
Es probable que si estamos acostumbrados a ayudar a nuestros hijos en sus movimientos, nos resulte difícil no precipitarnos a intervenir en su desarrollo motor: uno, como padre, quiere lo mejor para sus bebés; y que aprendan a moverse rápidamente y sin contratiempos puede parecernos parte de ese “darle lo mejor”. Pero informarnos sobre distintas corrientes y estudios referentes a su desarrollo, y considerar darles una oportunidad, puede ser beneficioso para ellos y, como consecuencia, también para nosotros.
Etapas principales del desarrollo motor
Las principales etapas del desarrollo motor, según las describió Emmi Pikler, son las siguientes:
  • En un principio, el niño está echado boca arriba y sus movimientos van haciéndose cada vez más vigorosos.
  • Luego sube un hombro, levanta la pelvis, gira el tronco y se pone de costado.
  • Más tarde aprende a girar para quedar boca abajo. En esta posición puede levantar la cabeza por un tiempo prolongado.
  • Se sostiene con los brazos y más adelante sobre los cuatro miembros. Puede desplazarse rodando y reptando. Por último, aprende a gatear.
  • Es capaz de adoptar una posición semisentado, con una mano apoyada en el suelo. Luego puede mantenerse sentado.
  • Se pone de rodillas con el tronco erguido y luego comienza a ponerse de pie sosteniéndose con algún objeto.
  • Por último, puede permanecer de pie sin sostén, para finalmente aprender a caminar.
Más información:

Educar sin castigar

Extret del bloc: paternidadconapego.com

¿existe entonces un método eficaz de educar sin castigar? La respuesta más exacta es que no sólo hay uno, sino muchos.

El niño que muestra una conducta indeseada y es castigado es un niño incomprendido. Detrás de cada desafío, rabieta o grito hay siempre una razón que le impulsa a ello. Puede tratarse de “un mal día”, de una emoción indeterminada que no sabe gestionar o de alguna necesidad fisiológica, por lo que debemos comprender que el niño es una persona con sentimientos y necesidades, y no un agente malévolo que sólo busca hacernos rabiar.

Quizá el primer paso que debiéramos dar para educar a nuestros hijos sin castigar es reeducarnos a nosotros mismos. Por un lado, debemos desterrar la vieja percepción de los padres como figuras autoritarias que deben disciplinar a sus hijos. Observar la crianza desde este punto de vista confiere al niño un cierto grado de sumisión, y entiende la educación como un adoctrinamiento. En su lugar, veámonos a nosotros mismos como agentes a través de los cuales los niños aprenden los valores y en quienes siempre encontrarán un soporte ante las complicaciones de su universo lleno de emociones. Busquemos educar, no adoctrinar.

Por otro lado, tengamos presente que los hijos aprenden lo que viven: si sus padres reaccionan ante los problemas gritando y diciendo palabrotas, los niños aprenderán a gritar y decir palabrotas cuando se sientan mal. Si en una discusión no sabemos respetar a nuestra pareja, nuestro hijo no nos respetará a nosotros o a sus hermanos. Si, como padres, no sabemos gestionar adecuadamente nuestras emociones, ¿cómo podemos pretender que nuestros hijos aprendan a gestionar las suyas y no actúen de forma inapropiada?

Existen muchas estrategias para educar sin castigar cuyos principios esenciales son la comprensión, el cariño y el respeto mutuo, por supuesto sin excluir la firmeza. Adoptando una visión holística de la educación sin castigos, voy a resumir los puntos clave a tener en consideración para poder enseñar a nuestros hijos de forma positiva, eliminando para siempre los castigos.

  1. Regula tus propias emociones. Los padres somos el modelo a seguir para nuestros hijos. Si ante una conducta indeseada respondemos de forma impulsiva y perdiendo los nervios, el niño aprende que es así como deberá responder ante una situación indeseable en el futuro. Si los padres saben regular sus emociones, los hijos aprenderán a regular las suyas. Y un niño emocionalmente estable es un niño con menos comportamientos negativos. Además, tanto nuestra capacidad para razonar como la del niño se reducen drásticamente cuando estamos sobreactivados. Cuanto más relajados guiemos al niño, más relajado estará él, y por tanto con más capacidad de razonamiento. Si, aún así, nos vemos superados por la situación, lo mejor es respirar profundamente e intentarlo de nuevo pasados unos minutos.
  2. Respeta los sentimientos. Cuando un niño tiene un mal comportamiento, en su interior se está produciendo una sobreactivación emocional. Puede que no sepa reconocer su propia emoción, y eso le genere una frustración aún mayor. Cuanto más inadecuado es el comportamiento del niño, peor se siente. Debemos respetar esos sentimientos, porque sea cual sea su causa, no hay nada más puro que los sentimientos de un niño. No le humilles, no le chilles, no le mientas. Todo ello hiere sus sentimientos. En lugar de decir: “venga, no llores por esa tontería”, permanece al lado de tu hijo durante unos minutos, dile que estás ahí por si te necesita, de forma que se sienta arropado ante sus emociones no controladas. Concédele un momento para desahogarse.
  3. Recuerda cómo (y cuándo) aprenden los niños. ¿Recuerdas cómo aprendiste a montar en bicicleta? Primero aprendiste a sentarte sobre ella, después a coordinar el movimiento de las piernas y de los brazos conjuntamente, y por último a mantener el equilibrio y montar sin ayudas. Los niños aprenden gradualmente, no de la noche a la mañana. No pretendamos que un niño aprenda una conducta inmediatamente, comprendamos y respetemos sus ritmos de aprendizaje. Igualmente, debemos respetar sus ritmos de desarrollo: ningún niño de 3 años es capaz de entender, aunque se lo expliquemos, por qué debe esperar a que mamá termine de hablar por teléfono para poder hablarle. Si un niño aprende una conducta muy rápidamente o antes de que corresponda para su desarrollo cerebral, probablemente se deba a que se han empleado con anterioridad los castigos para educarle, y lo que el niño en realidad ha aprendido es cómo evitarlos.
  4. Conecta antes de corregir. Para que el niño se sienta motivado a escuchar y comprender nuestras explicaciones, es necesario que vea en nosotros alguien en quien confiar, que respeta sus sentimientos y que le guía con cariño y comprensión mientras trata de entender sus propias emociones y las consecuencias (naturales) de sus actos. Mantén la conexión con el niño incluso cuando le guíes para corregir su conducta. Empatizar con él le hará sentirse comprendido y en conexión contigo. Sitúate a su altura, abrázale o pon tu mano en su hombro y dile: “Sé que estás enfadado, no te apetece dejar de jugar porque te estás divirtiendo mucho. A mi también me enfadaría”.
  5. Establece límites y corrige conductas, pero con empatía. Si educamos empleando los castigos, gritando o amenazando, el niño mostrará una mayor resistencia a comprender por qué una determinada conducta es inapropiada. Si, en cambio, adoptamos una postura empática (poniéndonos en su punto de vista) y conseguimos que el niño se sienta comprendido, éste tendrá una predisposición mucho mayor para aceptar nuestros límites. Piénsalo: si has tenido un mal día en el trabajo y te sientes especialmente irritable, ¿cómo preferirías que actuara tu pareja o tu mejor amigo? ¿Reprochando tu actitud, o comprendiéndola y aconsejándote, respetando cómo te sientes? Empatizar no significa no ser firme: “Sé que estás muy enfadado, pero no voy a permitir que pegues a tu hermana. ¿Cómo podríamos arreglar esta situación?”. Una buena manera de conseguir un compromiso mayor por parte del niño en mejorar la conducta es ofrecerle alternativas limitadas de elección: “¿Prefieres pedirle perdón a tu hermana ahora, o cuando estés  un poco más tranquilo?”.
  6. Sé constante. Los niños están equipados con un “radar” especial para detectar inconsistencias e incoherencias en nuestras acciones. Si, después de algunos días en que la conexión entre el niño y los padres se ha ido estableciendo, estos reaccionan de un modo severo y desproporcionado ante una determinada conducta, la conexión se debilita, provocando en el niño un sentimiento de incomprensión y desconfianza.
  7. Perdónate a ti mismo. Y hazlo siempre. No podrás dar lo mejor de ti mismo como padre si no estás en equilibrio con tu yo interior. No importa lo mal que creas que lo has hecho en el pasado, siempre hiciste lo que creías más conveniente para tu hijo. Empieza hoy mismo a ser el padre que siempre has querido ser. De padres felices, hijos felices. ¡Ah! Y perdona también a tus padres, que, al igual que tú, siempre quisieron lo mejor para su hijo, con las mejores herramientas de las que disponían.
  8. Cuando todo lo demás falle, date a ti mismo un gran abrazo. Y dale un gran abrazo a tu hijo. Lo más importante es mantener la conexión entre el niño y tú.

Para saber más:

1. 10 maneras de guiar a nuestros hijos – sin castigar (en inglés) [Ir].
2. Libro Ni rabietas ni conflictos (Rosa Jové) – ISBN-10: 849970011X.
3. Libro Cómo educar con firmeza y cariño (Jane Nelsen) – ISBN-10: 8497990331.

Tu hijo es una buena persona

Cuando una esposa afirma que su marido es muy bueno, probablemente es un hombre cariñoso, trabajador, paciente, amable… En cambio, si una madre exclama “mi hijo es muy bueno”, casi siempre quiere decir que se pasa el día durmiendo, o mejor que “no hace más que comer y dormir” (a un marido que se comportase así le llamaríamos holgazán). Los nuevos padres oirán docenas de veces (y pronto repetirán) el chiste fácil: “¡Qué monos son… cuando duermen!”

Y así los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, las ondas de la radio, se llenan de “problemas de la infancia”: problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos… Se diría que cualquier cosa que haga un niño cuando está despierto ha de ser un problema.

Nadie nos dice que nuestros hijos, incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa; y corremos el riesgo de olvidarlo. Aún peor, con frecuencia llamamos “problemas”, precisamente, a sus virtudes.
Tu hijo es generoso

Marta juega en la arena con su cubo verde, su pala roja y su caballito. Un niño un poco más pequeño se acerca vacilante, se sienta a su lado y, sin mediar palabra (no parece que sepa muchas) se apodera del caballito, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Marta decide que en realidad el caballito es mucho más divertido que el cubo, y lo recupera de forma expeditiva. Ni corto ni perezoso, el otro niño se pone a jugar con el cubo y la pala. Marta le espía por el rabillo del ojo, y comienza a preguntarse si su decisión habrá sido la correcta. ¡El cubo parece ahora tan divertido!

Tal vez la mamá de Marta piense que su hija “no sabe compartir”. Pero recuerde que el caballito y el cubo son las más preciadas posesiones de Marta, digamos como para usted el coche. Y unos minutos son para ella una eternidad. Imagine ahora que baja usted de su coche, y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. ¿Cuántos segundos tardaría usted en empezar a gritar y a llamar a la policía? Nuestros hijos, no le quepa duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.
Tu hijo es desinteresado

Sergio acaba de mamar; no tiene frío, no tiene calor, no tiene sed, no le duele nada… pero sigue llorando. Y ahora, ¿qué más quiere?

La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. La quiere por sí misma, como persona. ¿Preferiría acaso que su hijo la llamase sólo cuando necesitase algo, y luego “si te he visto no me acuerdo”? ¿Preferiría que su hijo la llamase sólo por interés?

El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. El doctor Bowlby, un eminente psiquiatra que estudió los problemas de los delincuentes juveniles y de los niños abandonados, observó que incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres.

Un amor tan grande a veces nos asusta. Tememos involucrarnos. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice “hambre”, “agua”, “susto”, “pupa”; pero a veces nos creemos en el derecho, incluso en la obligación, de hacer oídos sordos cuando sólo dice “mamá”. Así, muchos niños se ven obligados a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo… Se ven obligados porque, si se limitan a decir la pura verdad: “papá, mamá, venid, os necesito”, no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién?
Tu hijo es valiente

Está usted haciendo unas gestiones en el banco y entra un individuo con un pasamontañas y una pistola. “¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!” Y usted, sin rechistar, se tira al suelo y se pone las manos en la nuca. ¿Cree que un niño de tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, a cada bofetón, el niño llorará más fuerte.

Miles de niños reciben cada año palizas y malos tratos en nuestro país. “Lloraba y lloraba, no había manera de hacerlo callar” es una explicación frecuente en estos casos. Es la consecuencia trágica e inesperada de un comportamiento normal: los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza.

Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras… son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. Hace sólo 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los progenitores.


Tu hijo sabe perdonar

Silvia ha tenido una rabieta impresionante. No se quería bañar. Luchaba, se revolvía, era imposible sacarle el jersey por la cabeza (¿por qué harán esos cuellos tan estrechos?). Finalmente, su madre la deja por imposible. Ya la bañaremos mañana, que mi marido vuelve antes a casa; a ver si entre los dos…

Tan pronto como desaparece la amenaza del baño, tras sorber los últimos mocos y dar unos hipidos en brazos de mamá, Silvia está como nueva. Salta, corre, ríe, parece incluso que se esfuerce por caer simpática. El cambio es tan brusco que coge por sorpresa a su madre, que todavía estará enfadada durante unas horas. “¿Será posible?” “Mírala, no le pasa nada, era todo cuento”.

No, no era cuento. Silvia estaba mucho más enfadada que su madre; pero también sabe perdonar más rápidamente. Silvia no es rencorosa. Cuando Papá llegue a casa, ¿cuál de las dos se chivará? (“Mamá se ha estado portando mal…”). El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato, leal.
Tu hijo sabe ceder

Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro. Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.

Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un “Tontanchante”, “la tontería que se engancha y es un poco repugnante”, y que todos los de su clase tienen ya. “Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?” “¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero…!” Ya tenemos crisis.

Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.

Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos “salimos con la nuestra” cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.
Tu hijo es sincero

¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público “¿Por qué esa señora es calva?” o ¿Por qué ese señor es negro?” Que contestase “Sí” cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar “Sí” a nuestra retórica pregunta “¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?”

Pero no lo tenemos. A los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese “feo vicio”. Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.


Tu hijo es un buen hermano

Imagínese que su esposa llega un día a casa con un guapo mozo, más joven que usted, y le dice: “Mira, Manolo, este es Luis, mi segundo marido. A partir de ahora viviremos los tres juntos, y seremos muy felices. Espero que sabrás compartir con él tu ordenador y tu máquina de afeitar. Como en la cama de matrimonio no cabemos los tres, tú, que eres el mayor, tendrás ahora una habitación para ti sólito. Pero te seguiré queriendo igual”. ¿No le parece que estaría “un poquito” celoso? Pues un niño depende de sus padres mucho más que un marido de su esposa, y por tanto la llegada de un competidor representa una amenaza mucho más grande. Amenaza que, aunque a veces abrazan tan fuerte a su hermanito que le dejan sin aire, hay que admitir que los niños se toman con notable ecuanimidad.


Tu hijo no tiene prejuicios

Observe a su hijo en el parque. ¿Alguna vez se ha negado a jugar con otro niño porque es negro, o chino, o gitano, o porque su ropa no es de marca o tiene un cochecito viejo y gastado? ¿Alguna vez le oyó decir “vienen en pateras y nos quitan los columpios a los españoles”? Tardaremos aún muchos años en enseñarles esas y otras lindezas.
Tu hijo es comprensivo

Conozco a una familia con varios hijos. El mayor sufre un retraso mental grave. No habla, no se mueve de su silla. Durante años, tuvo la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos.

Si se fija, observará estas y muchas otras cualidades en sus hijos. Esfuércese en descubrirlas, anótelas si es preciso, coméntelas con otros familiares, recuérdeselas a su hijo dentro de unos años (“De pequeño eras tan madrugador, siempre te despertabas antes de las seis…”) La educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo.
La semilla del bien

Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño.

Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la “falta de disciplina”, que se hubieran evitado con “una bofetada a tiempo”. Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo “adecuado” para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita.
Dr. Carlos González, pediatra
Extractado de Bésame mucho

Vetllant la infància

Vetllant la infància és una iniciativa de sensibilització cap a la cura i l’acompanyament respectuós de la primera infància.

Un espai on poder compartir reflexions entorn les necessitats dels infants i la situació actual. I així donar llum als adults que estem amb infants, i a la societat en general, per tal de poder acollir aquest moment de la vida on es forja el més essencial de l’ésser humà.

I que aquest portal serveixi d’altaveu de tots aquells projectes d’acompanyament als infants amb calidesa humana que s’estan duent a terme. Sobretot a la zona del Montserratí, Penedès i Anoia, que és on visc.

Sóc la Mireia Batlle Castro; mare, mestra, psicomotricista i terapeuta Gestalt

Forma part de la meva essència l’acompanyament a les persones des d’una empatia amorosa i respectuosa. Sempre m’ha impulsat aquest desig de regalar a la infància un entorn en consonància a l’autenticitat de cadascú.
Acompanyar infants ha estat per mi un procés personal de contactar amb la meva nena interna; conèixer-la, acompanyar-la i gaudir-la. Al costat dels infants es realitza aquesta part meva que està tan viva.

Poder transmetre aquesta mirada als adults que m’envolten és un gest que em surt del cor i em satisfà enormement.
Des d’aquesta realització i alegria i amb l’experiència de ser mare creo aquest espai, Vetllar la infància, per seguir compartint el meu fer natural amb d’altres infants i famílies.