¡Háblame bonito! La importancia de usar el lenguaje afectivo con los niños

 Valeria Sabater 
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Háblame bonito, sin levantar la voz pero con la firmeza de quien puede convencerme de todo lo que soy capaz. Háblame con sonrisas un vez más, para que aprenda rápido que en este mundo manda el amor y no el miedo. Regálame palabras de afecto siempre que puedas para que así domine cuanto antes el lenguaje de las emociones…

Vivette Glover, psicobióloga perinatal del Imperial College de London, nos indica que la educación emocional se inicia ya desde el útero materno. Nos puede parecer algo sorprendente e incluso difícil de creer, pero a lo largo del tercer trimestre, el bebé es muy sensible a las voces que escucha del exterior. El líquido amniótico es un gran conductor del sonido, y aunque el feto no entienda el lenguaje como tal, sí tiene una gran sensibilidad a la carga emocional que se desprenden de esas tonalidades, de esas palabras.

Cuando venimos al mundo estamos íntimamente vinculados a la voz de nuestra madre y a ese mundo emocional que la ha acompañado a lo largo de esos meses de delicada gestación. No somos por tanto extranjeros en tierra extraña. El bebé ya atisba el gran poder que encierra el lenguaje afectivo. De hecho, Michel Odent, el prestigioso obstetra francés, nos recuerda que igual de importante es atender el mundo emocional de la embarazada como preocuparnos de que las revisiones médicas se cumplan.

Lo mismo ocurre con ese niño de 2, 3 o 5 años. Podemos darle lo mejor, buena ropa, alimentación equilibrada, juguetes que potencien su estimulación temprana… Sin embargo, si no lo nutrimos de afecto, de seguridad y confianza a través de un lenguaje sabio en emociones, ese niño no crecerá como debe. Su cerebro desarrollará carencias y experimentará vacíos que, llegada la adolescencia o madurez, llenará de otro modo.

Te proponemos reflexionar sobre ello.

Niños altamente sensibles niños de luz, niños del corazón

Háblame bonito, háblame sin hacerme daño

Las palabras no matan, pero tienen un gran poder para herir. Todos lo sabemos, todos lo hemos vivido de algún modo, sin embargo, a pesar de tenerlo muy claro, en ocasiones descuidamos el modo en que nos dirigimos a nuestros niños e incluso a nuestros adolescentes. El lenguaje tiene el poder de crear un tipo de arquitectura determinada en los cerebros más jóvenes, y esto es algo que como padres, madres, abuelos o educadores jamás debemos descuidar.

Una mala palabra, un desprecio, un “todo lo haces mal”, “eres el más tonto de la clase” o un “me agotas, déjame en paz”, deja una impronta en el mundo emocional del niño hasta el punto de generar estados de indefensión, estrés o incluso depresión infantil.

Experimentos, como el realizado en el centro de Atlanta Speech School, demuestran que algo tan sencillo como hacer uso del lenguaje positivo promueve en los alumnos conductas más comprometidas. Les empuja ante todo, a tener una visión más positiva de sí mismos para superarse.

Lo más complicado de todo esto es que, lamentablemente, no todos los padres son hábiles a la hora de hacer uso de un lenguaje emocional efectivo y trascendente. Hablar “bonito” requiere intuición, voluntad, requiere tiempo, paciencia y sobre todo, haberse sanado como mujer o como hombre para poder ejercer una paternidad digna, respetuosa y que permita a ese niño no solo crecer en altura, sino crecer en seguridad, autoestima e Inteligencia Emocional.

háblame bonito

Las claves de la comunicación afectiva con los niños

Daniel Goleman nos explica en su libro “Inteligencia Emocional infantil y juvenil” que a veces, los adultos, llegamos a abusar del refuerzo positivo hasta el punto lograr que pierda todo su valor. Los niños diferencian muy bien la autenticidad del cansancio o de la simple falta de interés.

Cuando un papá o una mamá le dice aquello de “sí, sí es un dibujo muy bonito” a su hijo de 8 años sin ni siquiera mirar el propio cuaderno porque tiene prisa, ese niño no se queda con el mensaje. Se queda con la actitud de los padres. Porque un “háblame bonito” no es hacer uso de las muletillas positivas de rigor. Es detenernos, es atender y ante todo, saber conectar.

La comunicación afectiva tiene como principal estrategia este mismo elemento: saber conectar con la mente, las emociones y el cerebro de nuestros niños. Te explicamos cómo.

niño en un barco

Principios para conectar con los niños mediante el lenguaje emocional

En ocasiones, casi sin darnos cuenta, hacemos uso de estrategias muy poco pedagógicas con los niños. Cabe decir, eso sí, que no lo hacemos con mala intención. Simplemente, no entendemos aún cómo procesan la información o qué necesidades presentan en cada etapa de su crecimiento personal.

Estas son unas sencillas estrategias.

  • Evita los discursos largos. Si tienes que enseñarle algo a tu hijo, corregirlo o explicarle una cosa en concreto, recuerda la regla de los 30 segundos. Es el tiempo máximo en que un niño de pocos años mantendrá la atención.
  • Dar múltiples advertencias no sirve de nada. Algo bastante común es que todo padre o toda madre con grandes presiones en el día a día, tengan niños que tardan mucho en “reaccionar”. Esto es así porque se pasan la mayor parte del tiempo apremiándolos: date prisa, levántate, vístete, haz esto, haz lo otro…
  • Este tipo de verbalizaciones en forma de orden nunca permitirán que conectemos con nuestros hijos. Los niños saben que tras una orden llega otra más, así que no merece la pena obedecer a la primera. No es lo adecuado. A los niños no se les educa con prisas, sino con paciencia y cercanía. A veces, basta con una sola indicación dicha con firmeza, cercanía y razonando bien la finalidad para promover y asentar una conducta.
  • Escucha cuando te hablan tus hijos, demúestrales que cada palabra que digan es importante para ti. Deja que el mundo se detenga a vuestro alrededor. No hay prisas, cultiva la paciencia.
  • Pronuncia el nombre del niño con afecto y no hagas uso de respuestas simples o condescendencientes cuando les respondas.

El diálogo con tus hijos debe despertarlos, darles una inyección de curiosidad, de descubrimiento y de sentido afecto para que desarrollen una conciencia más segura, plena y feliz día a día, momento a momento.

Cuidar l’autoestima dels infants

Todos los padres que quieren a sus hijos desean que crezcan de forma segura y que se sientan capaces ante cualquier circunstancia de la vida.  Pero los padres sin darse cuenta, a veces pueden estar consiguiendo todo lo contrario porque con sus palabras o con sus acciones pueden destruir la autoestima de sus hijos.

Los niños necesitan que sus padres los apoyen y los alienten en todo lo que hacen. Aunque para los padres sea una tontería, para los niños no lo es en absoluto. Unas palabras de aliento, una guía apropiada para hacer las cosas mejor y mucho cariño es lo que todos los hijos deben tener.

Pero en ocasiones, los padres sin darse cuenta pueden estar diciéndoles cosas a sus hijos o comportándose de una manera determinada, que puede hacer que el niño se sienta poco valorado, y lo peor… que su autoestima se vea gravemente dañada. Hay que tener en cuenta algunos errores que los padres comenten, para ser conscientes de ello y que no suceda más.

Hacer demasiadas cosas por ellos

Tus hijos quieren hacer las tareas por su cuenta, pero si se las haces tú pensarán que no es necesario que las hagan o que no es su responsabilidad y dejarán de hacerlas. Cuando los niños pueden hacer las tareas por su cuenta, podrán tener una gran sensación de logro, algo que les ayudará  a sentirse bien consigo mismos.

Qué pasa si haces demasiadas cosas por tus hijos

Es posible que quieras mostrar tu amor haciendo las cosas por ellos, pero no les estarás haciendo ningún favor. Si haces las cosas por tus hijos les estarás negando la oportunidad de que aprendan habilidades necesarias para la vida, algo que les perjudicará en su vida adulta. Y por si fuera poco, también les estarás creando la necesidad de ser dependiente y prohibiendo la satisfacción de ser independiente y de conseguir las cosas por sí mismo. Si haces las cosas por ellos les estarás haciendo sentir que ellos solos no son capaces de conseguir lo que quieran.

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Cómo solucionar esto

En lugar de hacer demasiado por tus hijos, es necesario que les ayudes a que ellos puedan hacerlo por sí mismos. Así si se equivocan tendrán la oportunidad de volver a hacerlo y aprender de sus equivocaciones… y su autoestima se verá reforzada.

Decir: “Eso es fácil”

Cuando tus hijos están luchando por conseguir algo, aunque sean los deberes de la escuela… puede ser algo que para ti sea muy fácil, pero no lo es para tus hijos.

Qué pasa cuando les dices que algo es demasiado fácil

Cuando dices (pensando que estás diciendo algo positivo), algo como: “Eso es fácil, puedes hacerlo”. Estarás intentando de motivar a tus hijos y de animarles, pero la realidad es que tus hijos pueden pensar que hay algo mal en ellos porque como para él o ella no es fácil… puede que sea porque es tonto. Esto hará que tus hijos se sientan desanimados y que quieran tirar la toalla antes de tiempo. Y sí, esto puede perjudicar gravemente su autoestima y tú ni te habrás dado cuenta.

Qué hacer al respecto

Es importante que en lugar de decirle que es fácil, les digas cosas como: “Esto puede ser difícil” o “Esto a tu edad me resultó difícil pero con persistencia se consiguen buenos resultados”. Así los niños podrán entender que aunque sea al principio difícil, si trabajan duro para conseguir buenos resultados podrán conseguirlo. Esto les hará sentir motivación y que su autoestima se vea fortalecida.

Madre e hija hablando

No permitir que se equivoquen

Si a tu hijo solo le muestras lo que hace mal pensará que no vale para nada y que sus aptitudes son nefastas. Los errores son parte de la vida y todos debemos aprender de ellos (adultos y niños). Quizá también creas que debes rescatar a tus hijos para que no cometan errores  o ayudarles a evitar que los cometan… pero esto les incapacitará ante la vida y su autoestima se verá muy dañada.

Qué pasa si no les permites cometer errores

Si los niños no pueden cometer errores y les sobreproteges para que no los hagan, no podrá desenvolverse en la vida y se convertirá en una persona dependiente con un mal autoconcepto de sí mismo. Pensarán que cometer errores es algo malo porque duele. Pero no debes de robar la oportunidad a tus hijos de aprender de los errores, de admitir que están equivocados y de darles la oportunidad (y la satisfacción de solucionar el problema).

Qué hacer para ayudar a los hijos

En lugar de no permitirles que se equivoquen, enséñale a hacer las cosas de la mejor forma posible y a ser responsables de sus acciones. Así podrán tener una visión saludable de los errores y se darán cuenta de lo útiles que son para la vida.

 

Extret de: https://eresmama.com/

Abrazar, consolar y atender no es malcriar


Abrazar, consolar y atender no es malcriar, también es educar

mamá con bebé

Malcriar no tiene nada que ver con consolar, con atender necesidades, con apagar miedos o nutrir con abrazos o caricias. Quien “mal cría” es quien no hace caso y abandona, quien comete el error de pensar que la mente de un bebé es como la de un adulto que entiende de manipulaciones o chantajes.

En un interesante estudio sobre inteligencia afectiva se demostró que lo que más experimentan los bebés a lo largo del día es dolor psicológico. Mucho más que el dolor físico. Es sin duda un detalle que vale la pena tener en cuenta: el sufrimiento emocional de los más pequeños tiene que ver con factores como el hambre, el miedo o la sensación de inseguridad.

Son factores instintivos que implican un malestar auténtico, y esto es algo que cada niño va a demostrar de un modo particular y diferente a los demás. Habrá bebés más demandantes que otros y por ello, como madres, hemos de entender la realidad particular de cada criatura sabiendo que quien atiende necesidades no malcría. Que ofrecer seguridad y estrategias es educar.

Te invitamos a profundizar en este tema que en ocasiones, suscita cierta polémica. 

Consolar, el arte de entender necesidades

Si un amigo nuestro llora no lo dejamos que lo haga hasta que se agote. Si nuestra pareja, nuestra hermana o nuestro padre lloran no los dejamos en una habitación hasta que se les pase. ¿Por qué hemos de hacerlo también con nuestros hijos?

Consolar es el arte excepcional de saber intuir necesidades y saber desplegar adecuadas estrategias de atención para sanar esos dolores psíquicos o emocionales. Por ello, en ocasiones, no basta con decir “cálmate, no pasa nada”, para un niño pequeño lo que confiere mayor poder de consuelo es el contacto físico y ese tono de voz capaz de hablar con calma y cercanía.

madre e hija

Son pequeñas cosas que generan auténticas improntas en el cerebro de un bebé que está madurando y donde cualquier estímulo, así como cualquier carencia, va a determinar su posterior desarrollo. Veamos más aspectos de interés.

La sabiduría del “biencriar”

Los términos son importantes en nuestro lenguaje, pero en ocasiones las expresiones más populares suelen ver siempre comportamientos patológicos donde solo hay procesos naturales. Es muy posible, por ejemplo, que también tú te hayas visto en la situación de tener que soportar los comentarios de tus amigos o familiares cuando coges en brazos a tus hijos para aliviar su llanto o su enfado.

“Lo estás malcriando”, nos dicen. Nosotras callamos sabiendo que no es así, porque entendemos que un refuerzo positivo en el instante acertado evita rabietas, reduce el estrés y consigue que nuestros niños se sientan más seguros para ir explorando su entorno a su ritmo.

  • La sabiduría del biencriar sabe que que las consecuencia del llanto prolongado y no atendido trae efectos no deseados. Desde el punto de vista neurológico lo que ocasiona es que haya estrés, y un nivel elevado de cortisol altera la química de los neurotransmisores, se intensifica el miedo y una mayor necesidad de atención.
  • La sabiduría del biencrear sabe que consolar, abrazar y “estar presente” mejora el vínculo con nuestros hijos. Nuestros niños van a necesitar de este apego seguro a lo largo de sus tres primeros años. Es una etapa donde sus necesidades vitales suelen ser simples pero esenciales: seguridad, afecto, reconocimiento y disfrutar de estímulos enriquecedores con los que favorecer la conectividad neuronal.

Un niño al que se le deja llorar hasta que se agote o al que no recibe abrazos o caricias es un bebé que construye una idea del mundo algo hostil, un escenario del que “siempre estará esperando cosas”, un mundo del que defenderse a veces con ira, o del que esperar refuerzos con los que encontrarse a sí mismo.

No es lo adecuado.

familia practicando el arte de consolar

Promover el desarrollo emocional para ayudar a crecer

La educación emocional no empieza cuando un niño es ya competente a la hora de comunicarse, cuando hemos ya de poner reglas, de marcar límites y negociar normas. Un bebé de ocho meses que nos tira del pelo cuando se enfada es una persona que busca canalizar su rabia y su frustración.

  • La educación emocional empieza desde el primer día en que dejamos a nuestro bebé en la cuna después de llegar del hospital. Después de dar a luz. No podemos olvidar que el primer anclaje emocional se origina nada más nacer, con ese primer contacto piel con piel entre el bebé y su madre.
  • La lactancia materna es un pilar maravilloso para seguir construyendo ese vínculo que transmite seguridad, calma y bienestar. Más tarde, el arte de consolar de manera respetuosa le permitirá seguir creciendo en seguridad.
  • Atender las reacciones negativas tampoco es malcriar. El niño de dos años que tira un juguete al suelo con rabia o que araña a su hermano o a su madre, esconde una emoción que lo sobrepasa y que hay que saber canalizar, entender y gestionar.

mujer con bebé que se siente sola

La tarea de entender emociones y trabajarlas es algo que requiere paciencia e intuición, algo que nunca deberemos pasar por alto “solo porque son pequeños”. Las cosas pequeñas de ahora pueden transformarse en grandes abismos el día de mañana, por ello, es necesario que prestemos atención, que los alimentemos con emociones positivas poniendo en práctica el arte del biencriar.

El joc heurístic

Como ya os he hablado en otros post sobre juego para los más pequeños es bueno que este sea un juego libre, para que el pequeño pueda experimentar y tener capacidad de invención y desarrollo.

La pedagogía Montessori y otras pedagogías alternativas están de acuerdo en ello y las últimas investigaciones en neurociencia ratifican cuán importante es ofrecer al niño posibilidades de construcción de su propio juego en libertad y con materiales cotidianos y poco estructurados. Es decir, fomentar el poner a disposición material con pocos estímulos externos que permitan dejar al niño construir esquemas a través de su imaginación y creatividad y que permitan preservar su capacidad de curiosidad y espíritu crítico.

 

Para Maria Montessori el juego es algo más que pura actividad lúdica y ella lo entiende como momentos de “trabajo” del niño. Estos momentos son sumamente importantes ya que todos sus sentidos están puestos en la actividad. De ahí la importancia de no interrumpir, y en la cuál el adulto es un mero facilitador y observador, trasladando el protagonismo al niño en el proceso de juego.

 

Hasta el primer año de vida la cesta de los tesoros es una de las actividades por excelencia que permite a los más chiquitines un juego libre caracterizado por la exploración de los sentidos.

Cuando ese bebé entra en un periodo de movimiento muy evidente y ya comienza a caminar una actividad muy interesante es el juego heurístico.

 

Esta actividad fue ideada por Elionor Goldsmied y puede iniciarse desde que comienza el desplazamiento hasta los 24 meses. Heurístico procede del griego Eurisko y significa descubrir.

 

Y es que una vez que el bebé a desarrollado sus sentidos le empieza a apetecer ver la relación de los objetos entre ellos y descubrir sus interacciones, en definitiva experimentar.

 

¿En qué consiste el juego?

 

El juego consiste en que el niño de manera libre realice y descubra relaciones entre objetos: explorar, apilar, chocar, girar, encajar, abrir-cerrar, sacar-meter, ordenar por características similares…



¿Qué material se necesita?

Objetos cotidianos preferentemente de materiales naturales, en cantidad aproximada de 20 unidades de cada material y que a ser posible guarden alguna similitud, bien sean igual o compartan características similares en el material, y que se puedan combinar entre ellos (que quepan unos dentro de otros o se relacionen de algún modo).

En su elección deben ser materiales seguros que se puedan meter en la boca sin riesgo, aunque a estas edades el niño ya no se encuentra en una fase oral y el adulto estará siempre observando sin intervenir.

Por ejemplo: flaneras y jarras de metal, maderitas, piedras, materiales de cocina de madera, pinzas de la ropa, pompones de colores, rollos de papel higiénico, sedas de colores, cajas de metal, de madera, de plásticos, botes con tapas, rulos de diferentes grosores, cajas de cartón de huevos, cápsulas de café limpias, llaves, anillas de madera o metal, cordones, piñas, esponjas, gomas de cafetera, tapones de corcho…



¿Cómo se estructura el juego?

Existen tres fases diferenciadas:

1. Se prepara el ambiente con los materiales agrupados por similitud dentro de contenedores. En esta fase no interviene el niño (Duración 10 minutos).

Normalmente el adulto tendrá guardado este material en bolsas de tela o en cajas que preparará para presentar el juego.

2. Fase de juego libre en la que se deja al niño explorar a su ritmo y deje volar su imaginación para crear relaciones. (Esta fase puede durar entre 15-25 minutos y aquí el adulto no interviene, sólo observa).

3. Fase de recogida en la que se le invita y se guía al niño a devolver los materiales a sus contenedores agrupándolos por similitud. (15 minutos aproximadamente).

Se puede realizar el juego en grupos de 5-8 niños o también en solitarios, ya que a estas edades cada bebé juega a su ritmo, aún no hay una interacción e interiorización del “otro” como elemento de juego.





Beneficios del juego heurístico

A través de este juego tan simple y económico se observan varios beneficios:

– Fomenta la atención y la concentración.
– Favorece la coordinación ojo-mano y por lo tanto entrena la motricidad fina.
Desarrolla el tacto por prensión de los objetos, así como el resto de sentidos que se ponen en marcha para determinar características de los objetos.
– El niño juega en un clima libre de sobreestimulación y sin prisas, centrándose en la actividad con calma.
– Permite mantener viva la curiosidad, lo que conduce al desarrollo de esquemas mentales nuevos al descubrir relaciones diferentes entre objetos.
– Estructura la capacidad de pensamiento reflexivo: buscando similitudes y diferencias en las características de los objetos.
– Ayuda a mejorar la comprensión verbal al nombrar los objetos en la recogida.
– Favorece la capacidad de orden, tanto en la recogida como en la secuenciación de la actividad. El periodo sensible del orden es muy importante en la pedagogía Montessori, hecho que influirá a corto, medio y largo plazo en la creación de constructos mentales de manera ordenada.

A mi hija le encanta este juego, es un momento de máxima concentración para ella y muy rico para los adultos como observadores, ya que te permite conocer áreas de tu bebé y da muchísima información sobre su estado madurativo y su evolución, es un espectáculo en si mismo.

Os debo decir también, que aunque os comentaba que se puede iniciar a los 12 meses, lo mejor es que observéis el desarrollo psicomotor de vuestros pequeño, ya que es preferible presentarlo en el momento en el que el bebé se desplaza por sí mismo de manera totalmente autónoma, (no hablaríamos pues de los primeros pasos, sino de una bipedestación bastante afinada). Al mismo tiempo, es importante observar que el bebé ha perdido su fase oral y ya no se lleva objetos a la boca, para garantizar la seguridad del juego.

En el siguiente vídeo de la escuela infantil La Locomotora, de Madrid, podéis ver varios niños haciendo juego heurístico:

http://mediateca.educa.madrid.org/video/gpkb6idx1r5aciiy/fs


 Extret de: http://www.mamilatte.com

La panera dels tresors

“Cuando una madre aborigen observa los primeros indicios de habla en su hijo, deja que éste coja las “cosas” de ese país en particular: hojas, frutos, insectos, etc. El niño, en el pecho de su madre, jugueteará con la “cosa”, le hablará, probará en ella sus dientes, aprenderá su nombre y lo repetirá”
Bruce Chatwin, The songlines
 
Cuando los bebés son capaces de sentarse en el suelo, empiezan a querer interactuar con el ambiente, pasan más tiempo despiertos, y tienen necesidad de coger, tocar, saborear cada cosa que se encuentra en su entorno, simplemente porque están descubriendo su mundo. Y es necesario por tanto que les podamos presentar objetos reales, y de materiales naturales que no solamente son atractivos a la vista sino que su peso, su tacto no es igual que cualquier juguete de plástico.

El primer juego que nace de un bebé es el descubrimiento de sus dedos, sus manos, y al mismo tiempo el de sus padres. Cuando se chupan la mano, cuando meten su puño en la boca, están empezando a tomar conciencia de cada parte de su cuerpo y al mismo tiempo se están descubriendo…descubrir que “mamá y yo tenemos cuerpos diferentes”.
El hecho de que los niños ya se puedan sentar solos les ofrece mayor independencia. Muchas veces achacamos a estas edades los lloros a “eso es que le están saliendo los dientes” pero en ocasiones solamente ocurre que los pequeños quieren experimentar, quieren que sus necesidades de actividad sean cubiertas, necesitan explorar y descubrir su mundo. Y aquí es donde aparece el cesto de los tesoros.
El cesto de los tesoros, que yo sepa no es propiamente Montessori, aunque si se utiliza en los ambientes Montessori de Nido, y posiblemente en Comunidad Infantil para el periodo de normalización…
SUGERENCIAS PARA EL CESTO:
1. Debe tener unos 35 cm de diámetro y 10-12 cm de altura, como mínimo.
2. Base plana, sin asas.
3. Hecho de material natural.
4. Llenar de objetos hasta el borde de arriba.
5. Ir cambiando los objetos, con la introducción de objetos nuevos.
6. Disponer de varios cestos con diferentes objetos.
SUGERENCIAS PARA LOS OBJETOS:
1. Ningún objeto de plástico.
2. Ofrecer variedad de: texturas, olores, pesos, formas, sonido, color, brillo.
3. Objetos: naturales, de materiales naturales, de madera, objetos de metal, de tela, cuero, piel, caucho, cartón, pápel, etc.

QUÉ PROPÓSITO TIENE EL CESTO DEL TESORO:
1. Conocer la realidad.
2. Conocer los objetos que se presentan en el cesto.
3. Discriminar colores, sabores, texturas, formas, sonidos.
4. Explorar y dejar que experimenten con los objetos (si suena, si rueda, si está frío, áspero, suave, si pesa, si huele, a qué sabe…)

QUÉ FAVORECE
1.  La concentración.
2. La autonomía.
3. La utilización de todos sus sentidos y cuerpo.
4. La capacidad de elegir.
5. La capacidad de explorar.
6. La sorpresa.
7. El agarre.
8. La motricidad fina.

IDEAS DE OBJETOS
Nuestros objetos los hemos escogido de MONTESSORI VIVO. Sinceramente pienso que es un buen regalo para un bebé, ya que en cuestión de meses empezará a tener la necesidad espontánea de descubrir su mundo. La realidad tal cual es…

Bola Pikler AQUÍ.
Huevo con copa AQUÍ.
Cazo acero inoxidable AQUÍ.
Discos interconectados AQUÍ.
Cuchara de miel AQUÍ.
Sonajero con 3 discos AQUÍ.
Aro con cintas.
Campanas con cinta. Puedes encontrarlo AQUÍ.
También se pueden incorporar otros elementos, e ir variando y renovando objetos en función de nuestra observación como adultos. Lo ideal es no interrumpir el proceso de exploración, es decir, que sean ellos mismos, sin la ayuda del adulto, los que puedan ir descubriendo cada objeto.
Extret de: http://www.aprendiendoconmontessori.com

Los juguetes en los primeros 7 años

Escrit del bloc “De mi casa al mundo”

¿Cuál es la función de los juguetes?

A grandes rasgos podríamos decir que el juguete tiene básicamente la función de estimular la actividad sensorial del niño.

Para la pedagogía Waldorf los sentidos del tacto, del movimiento, del equilibrio,…. deben ser cuidados y estimulados de una manera especial durante el primer septenio, lo que permitirá más tarde “despertar” los sentidos superiores o intelectuales.

Hoy te voy a dar algunas orientaciones para que a la hora de escoger los juguetes para tus hijos, tengas en cuenta cuáles son los más indicados según el momento evolutivo en que se encuentren.

Antes de empezar déjame que te diga…

Algo básico sobre los materiales

El sentido del tacto es extremadamente sensible y necesita tener las más variadas experiencias.

¿Con qué materiales podemos estimular el sentido del tacto? ¿Cómo conseguir que los niños experimenten diversidades y sutilezas?

Probablemente el plástico, un material frío y no natural, no es el material más adecuado para ello.

Sin embargo podemos encontrar toda una serie de materiales naturales que pueden ofrecerse como juguetes a los niños, pues permiten obtener unas experiencias sensoriales de un valor inestimable para su evolución.

Algunas sugerencias: tejidos de algodón o seda, lana (hilada o cardada), fieltro, madera, conchas, cortezas, semillas, piedras,

Esta cesta que he preparado puede darte una idea de las diferentes texturas naturales que podríamos ofrecerles:

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Primer año

El primer año de vida el juguete debe ser lo suficientemente grande para que pueda metérselo en la boca sin peligro, e interiorizarlo.

La variedad de los materiales tiene una gran importancia desde el primer instante de vida y un gran valor pedagógico.

Algunas propuestas, muchas de ellas te las mostré en la panera de tesoros que le preparé a mi sobrina, son: aros y sonajeros de madera, una muñeca de nudos, a ser posible de seda, o una pelota de lana con un cascabel en el interior, como te enseñé a hacer aquí.

(Actualización junio 2016: Tenemos una panera de los tesoros también disponible en nuestro Atelier, mira aquí).

Segundo año

El niño, que ya empieza a andar, tiene una gran necesidad de palpar, experimentar e interiorizar.

Pequeños bloques de madera de diversos tamaños les proporcionan distintas vivencias.

Tal vez un carrito de madera que pueda ser empujado o arrastrado.

Una pelota de lana, seda o fieltro, para que la pueda hacer rodar.

Además, cestas con semillas, palitos, piedras, conchas que pueden recogerse con él incluso, en alguna salida al bosque o a la playa.

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Un niño que aprende a jugar con estas cosas no se aburrirá nunca.

Es el momento también de incorporar más profundamente juegos con la voz, rimas y canciones,
como las que ofrece Tamara Chubarovsky en sus famosos DVD’s, que propiciarán que el niño sienta placer por el lenguaje, favoreciendo la imitación y el habla.

Tercer año de vida

Los juguetes ahora deberían permitir, en la medida de lo posible, que el niño perciba las leyes del mundo natural y la vivencia de los elementos.

Carros, cubos, o carretillas que el niño pueda cargar con piedras o arena y luego empujar o arrastrar.

También un camión de madera, como este de VeoBio, que da un juego increíble a Sunflower y a Ojazos estos días.

Es importante que los juguetes sean sencillos. Está demostrado que lo que no está muy acabado con todos sus detalles, permite a la fantasía del niño recrearlo cada vez de una forma nueva.

Para un niño pequeño, los objetos no están tan definidos como para los adultos. Para el pequeño, una caja de madera puede ser un barco, un carro, una casa o incluso un elefante.

Por eso, si los detalles de los juguetes son demasiado minuciosos, se pierde esta plasticidad. Con juguetes así, lo más probable es que el niño acabe por aburrirse y los deje a un lado.

Un ejemplo para ilustrar esto es el palo de Sunflower. Tiene un palo muy especial desde que prácticamente era una bebé. Lo encontramos un día en el bosque y lo ha usado, y todavía lo usa, infinito. Lo mismo es un martillo, que un teléfono, o una varita mágica, o una cuchara o una espada. Tiene cientos de utilidades.

Pelotas, animales sencillos de madera o tela y algunos bloques de madera son unos maravillosos juguetes.

También cajas o cestas de diversos tamaños, que pueden ejercer de múltiples funciones; colocarlos, llenarlos de cosas, vaciarlos,… En casa otra cosa no, pero cestas, tenemos para dar y regalar…

De 4 a 7 años

Todo lo anterior tiene continuidad en los años siguientes.

El lenguaje ya empieza a ser mucho más estructurado y el niño cada vez más quiere experimentar lo que hacen los adultos.

Son unos años donde el juego simbólico cobra especial relevancia.

Para el niño jugar quiere decir ensayar, y le permite ir asimilando poco a poco los procesos de la vida que ocurren a su alrededor.

Es importante que pueda disponer una casita de muñecas, y una cocinita con cazuelitas y cucharas. La hierba, las piedras y las semillas son excelentes platos que el niño puede cocinar y preparar.

Respecto a la casita de muñecas, en casa tenemos diferentes versiones: Una pequeña de madera, que es muy completa y la compramos en Lidl.

También tenemos otra colgante de tela, que le hice yo misma y que normalmente está colgada en el salón, pero a veces la colgamos también en un árbol del jardín donde puede pasarse ratos y ratos interminables con sus muñecas y sus enseres de cocina.

Y por último le preparamos un espacio más amplio en su cuarto, haciéndole una especie de carpa con una cortina, donde tiene la cocinita de madera y varias cestas con la ropita para las muñecas. Esta última la puedes ver en este artículo donde que te hablo de cómo organizar espacios de juego.

Pero es importante, como ya leíste en el artículo de Waldorf en casa, que el niño pueda participar también en tareas reales de vez en cuando: preparando la comida, limpiando, haciendo la colada,…

Por otra parte, a partir de los cuatro años, a través del juego ya puede ir conociendo con más profundidad los cuatro elementos.

Existen innumerables maneras de jugar con el agua.

En casa F. preparó con materiales de Ikea esta sencilla mesa de experimentación, en la que Sunflower, y ahora también Ojazos, juegan muchísimo con el agua y la arena.

Y últimamente también haciendo navegar su barco de madera, que le encanta para pasear a sus animales, y que hemos conseguido en VeoBio.

Jugar con el elemento aire puede experimentarse con molinillos, cometas y flautas de caña.

El elemento sólido se experimenta con todo lo que existe para construir y modelar: cera de abeja, piedras, incluso masa de pan que es blanda y se puede modelar pero en el horno se endurece, jugar con la tierra haciendo hoyos y montañitas…

A todas estas experiencias con los elementos le podemos añadir toda una lista de juguetes que permitan al niño ejercitar el movimiento y dominar cada vez mejor su cuerpo.

Trepar por una cuerda de nudos o una escalera, balancearse en un columpio, andar sobre una pierna, hacer equilibrios, lanzar pelotas, saltar a la cuerda o desde diferentes alturas, hacer volteretas…

En casa en nuestro espacio exterior de juegos tenemos una escalera colgante y un columpio de rueda muy sencillo de hacer.

Sunflower se sube casi todos los días, y en la escalera trepa cada vez más arriba. Ella misma se pone a prueba y es toda alegría cuando consigue su objetivo.

En definitiva, todo juego entre el primer y el séptimo año de vida debe ir encaminado a introducir al niño en las relaciones de vida de su medio ambiente.

Sobre los padres nos recae una gran responsabilidad, pues mediante el juego el niño imita el mundo
y esto implica, entre otras cosas,  sus relaciones con la naturaleza, hábitos, actitudes,… que nosotros los adultos debemos cuidar, pues somos su referencia.

En este artículo no he hecho prácticamente referencia a la muñeca, pues considero que merece una publicación a parte en la que pueda explicarte mejor el sentido de la misma y cómo debe ser según cada fase de desarrollo del niño.
Aquí la puedes leer…

Si te ha gustado el artículo y crees que puede ser de interés para otros padres, puedes echarme una mano y compartirlo. ¡Gracias!

 

Los juegos infantiles no son tales juegos, sino sus más serias actividades. – Michel de Montaigne.

 

Perdona, pero no mientas a mi hija

Perdona, pero no mientas a mi hija. ¿Cómo que no le va a doler? Es una inyección, las inyecciones duelen. Si lo primero que le dices es una mentira, ¿cómo va a confiar más en ti? No sólo estás dañando tu imagen, ¿cómo va a confiar en el resto de pediatras y enfermeras? ¿Sabes qué duele más que un pinchazo? La traición de una mentira.

Perdona, pero no mientas a mi hija. ¿Te vas a poner a llorar de verdad si no te da un beso? Es su cuerpo, es su afecto, ella decide si te quiere dar un beso. Si te vas a poner a llorar por eso tienes mucho que madurar.

Perdona, pero no mientas a mi hija. ¿Tienes un regalito de verdad? Porque si no lo tienes, no le digas que le vas a dar un regalo para que vaya donde tú quieres.

Perdona, pero no mientas a mi hija. ¿Cómo que va a venir el coco? Eso no sólo es una mentira, eso roza el maltrato psicológico. No quiero que mi hija se vaya a dormir con miedo. Su casa es su templo. Y su cama su oasis de paz. No te inventes monstruos para extorsionarla.

Perdona, pero no mientas a mi hija. ¿Cómo que no es nada? Se ha caído, se ha asustado, se ha hecho daño. Caerse, asustarse, hacerse daño es algo. Si le repites sin parar que no ha pasado nada, ¿cómo va a entender lo que está sintiendo? ¿Cómo va a aprender a gestionar sus emociones? ¿Cómo va a entender la causa y la consecuencia de sus acciones si se las niegas?

Perdona, pero no mientas a mi hija. ¿Es la mesa mala? ¡La mesa no ha hecho nada! Ha sido ella que no iba mirando por donde iba y se ha dado con la mesa. Y para colmo le dices que pegue a la mesa por mala. ¡Alucinante! Aunque ahora que lo pienso, estoy harta de ver adultos dando golpes a cosas por sus propias negligencias, ¿será casualidad?

Perdona, pero no mientas a mi hija. ¿Qué probabilidades hay de que sea la niña más lista y más guapa del mundo entero? A veces, la diferencia entre una verdad y una mentira es muy sutil. No hace falta ser la niña más lista del mundo para darse cuenta de que si exageras en eso, probablemente, también exagerarás en otras cosas. Pero, ¿cómo saber cuándo dices la verdad y cuándo la mentira? Quizás lo más fácil sea no confiar en ti.

Por favor, dile la verdad a mi hija. Dile que la inyección le va a doler, pero que es importante para prevenir que se enferme en el futuro. Respétala. Espera a que esté preparada. Dile que lo hacemos por su bien.

Por favor, dile la verdad a mi hija. Pregúntale si puedes darle un beso. Pídele un beso si realmente así lo sientes. Acepta que es su decisión. Si ahora no quiere dártelo, quizás te lo dé otro día. No pasa nada.

Por favor, dile la verdad a mi hija. Dile que te gustaría que vaya allí contigo. Y acepta si en este momento no quiere ir allí. Si es algo importante, explícale por qué es necesario que vaya. Lo entenderá.

Por favor, dile la verdad a mi hija. Ha de seguir la rutina de irse a la cama porque es más fácil y más saludable tener buenos hábitos. Ha de irse a dormir para poder descansar y reponer fuerzas. Si un día no tiene sueño, podemos ser flexibles con la rutina. Todos tenemos días en los que necesitamos algo especial.

Por favor, dile la verdad a mi hija. Explícale que ha perdido el equilibrio y se ha caído. Verbalízale lo que ha pasado, los adultos somos su espejo del mundo.  Cuéntale que eso debe de haberle hecho daño. Dile que lo que siente es dolor, y que aunque ahora lo esté pasando mal, se le terminará pasando. Cuéntale que tú también te has caído otras veces y que entiendes su dolor, su miedo, su enfado y su frustración.

Por favor, dile la verdad a mi hija. Explícale que se ha dado con la mesa por no ir mirando por dónde iba. Dile que es importante tener cuidado cuando andamos y saber por dónde pasamos. Cuéntale la importancia de asumir la responsabilidad de nuestros actos. Si no aprendemos de nuestros errores estamos condenados a repetirlos.

Por favor, dile la verdad a mi hija. Dile que es una niña inteligente. Si es verdad, dile que no conoces a nadie que se esfuerce tanto como ella. Que su imaginación te sorprende cada día más. Que es la persona más importante de tu vida. La mejor manera de demostrarle que la quieres es diciéndole la verdad.

 

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Y a ti, ¿cuál ha sido la mentira que más te ha molestado que le dijeran a tu hija? Cuéntanoslo en los comentarios. Y no olvides suscribirte para recibir lo mejor del blog en tu email, así como algunas cosas exclusivas sólo para las de la tribu.

Los niños no aprenden a dormir. No haga llorar a sus hijos

María Berrozpe, autora del «Debate Científico sobre la realidad del Sueño Infantil» explica cómo conseguir que los niños duerman

«Los niños no aprenden a dormir. No haga llorar a sus hijos»

Si tiene hijos lo sabrá. Una de las cosas que conlleva es perder la increíble capacidad de disfrutar una noche entera durmiendo a pierna suelta… al menos hasta que pasan unos años. La mayoría de los padres se desesperan, consultan a otros, piden cita al pediatra, incluso algunos hasta los medican (totalmente contraindicado salvo enfermedades diagnosticadas por especialistas).

Algunos padres recurren al método Estivill, un sistema que «enseña» a los niños a dormir y que, según algunos especialistas, a pesar de su eficacia, tiene consecuencias negativas.

María Berrozpe, doctora en Biología, autora del Debate Científico sobre la realidad del Sueño Infantil, experta de la Pedagogía Blanca y del blog Reeducando a Mamá, recuerda que hace dos años leyó las declaraciones del doctor Estivill en un periódico asegurando que desde el mundo científico no recibía reproches a su método. «No estoy de acuerdo. En el mundo científico del sueño infantil hay un acalorado debate que ni se puede ni se debe negar a los padres. Desde el cuestionamiento del sueño en solitario o las diferentes técnicas para establecerlo, hasta los factores relacionados con la muerte súbita del lactante, todo está en entredicho y, a día de hoy, hay muy pocas verdades establecidas».

—¿Aprenden los niños a dormir?

Entendiendo la pregunta literalmente, tengo que decir que no. Todos sabemos dormir, igual que sabemos respirar. El feto ya duerme, como bien explica el mismo doctor Estivill, y evidentemente nadie le ha «enseñado». Lo que sí puede aprender un niño es a dormir en una serie de condiciones establecidas culturalmente. En nuestra cultura aprenderá a dormir metiéndose en la cama, bajo el edredón o sábana y en pijama, por ejemplo. Otros niños dormirán con la ropa del día y en una estera, algunos tienen que aprender a dormir solos, mientras que otros pueden seguir disfrutando de la compañía de sus cuidadores durante el sueño.

—¿Por qué considera que el método Estivill no es el más adecuado?

Este método tiene en sus mismas raíces un error fundamental: la ciencia del siglo pasado convirtió una costumbre establecida culturalmente, el sueño en solitario de nuestros hijos, en una cuestión de salud y ciencia. Los defensores de este método siguen considerando que el niño que a los 6 meses no es capaz de dormir en solitario toda la noche tiene una enfermedad llamada «insomnio infantil por hábitos incorrectos» que si no se soluciona le producirá problemas de sueño en el futuro. Pero hoy está perfectamente demostrado que el sueño en solitario no es imprescindible para tener un sueño saludable. De hecho, es una manera de dormir excepcional para las crías humanas. Hasta el mismo doctor Richard Ferber, mentor del doctor Estivill, acepta el colecho (dormir con los padres) como una práctica perfectamente sana y respetable. Esto no significa que no podamos enseñar a nuestros hijos a dormir en solitario si ese es nuestro deseo. Sólo significa que ya no tenemos excusas (del tipo es por su bien, es para curarle) para forzar este comportamiento mediante un método que implica dejarle llorar, y a una edad a la que el niño todavía no está preparado para asumir esta exigencia cultural. Y no todos los niños lo estarán a la vez. Unos lo lograrán antes y otros después. Lo único cierto es que todos lo harán cuando estén preparados, independientemente de que se hayan aplicado o no este tipo de métodos de adiestramiento, lo que demuestra que, a largo plazo, es absolutamente innecesario.

—Desde su punto de vista, ¿cómo explica el proceso madurativo del sueño del niño?

El sueño es un proceso evolutivo que se va a adaptando a las necesidades del ser humano. De la misma manera que las características especiales del sueño durante la primera infancia tiene un papel fundamental en el desarrollo del cerebro del bebé, también son un espejo de los cambios que este sufre. El desarrollo del sistema nervioso central que se inicia en la época prenatal continúa en la vida adulta, pero sufre los cambios más dramáticos en los dos primeros años de vida, algo que se ve perfectamente reflejado en el sueño de nuestros hijos.

Hoy se sabe que los fetos ya duermen y, según Rosa Jové, a partir del séptimo mes de embarazo ya tienen claramente dos fases: sueño activo y sueño pasivo. Según esta autora, entre el nacimiento y los 3 meses los bebés dormirán un promedio entre 14-20 horas al día, aunque todavía seguirán un ritmo ultradiano (sin diferenciar el día de la noche). A partir de los 3 meses ya serán capaces de empezar a adquirir el ritmo circadiano (dormir más por la noche que por el día) y la adquisición progresiva de las distintas fases del sueño les irá permitiendo hacer intervalos de sueño cada vez más largos.

Aunque precisamente la adquisición de estas diferentes fases puede traducirse en un mayor número de despertares nocturnos. Hasta los 7 meses el sueño del bebé ha estado en construcción. A partir de los 8 meses entrará en una etapa de maduración y no será hasta los 6 años que se parecerá definitivamente al sueño del adulto. En cuanto a la duración del sueño, en la literatura científica existen tablas estableciendo los percentiles a las diferentes edades, pero parece que todos los autores están de acuerdo a la hora de reconocer la existencia de una enorme variabilidad en la población infantil en cuanto a las necesidades de sueño. A pesar de esto, podemos observar unas tendencias generales en lo que podríamos calificar como un patrón de sueño normal en la niñez:

a.Una disminución progresiva de la duración del sueño diario desde la niñez hasta la adolescencia.

b.Un desplazamiento de la hora de empezar a dormir hacia una hora más tardía, que empieza en la mitad de la niñez y se acelera en la adolescencia.

—¿Se sabe de manera científica cuáles son las consecuencias de aplicar el método Estivill a los niños?

—Hay poca investigación realizada directamente analizando este método, aunque muchos investigadores consideran que los resultados obtenidos al estudiar el efecto del estrés producido por el cuidado materno inadecuado o la separación del bebé de su madre son extrapolables. Muy resumidamente, podemos decir que el desarrollo de los sistemas de respuesta al estrés de estos bebés se ve afectado negativamente, de manera que, en el futuro, tendrán más probabilidades de desarrollar patologías como la depresión o la ansiedad.

También se ve afectado el desarrollo de sus capacidades cognitivas y hay pruebas del impacto sobre el desarrollo del sistema inmune, ya que tendrán más probabilidades de sufrir enfermedades autoinmunes de adultos. Uno de los pocos estudios realizados directamente sobre la aplicación a bebés de una técnica de adiestramiento lo publicó Middlemiss en el año 2012 y demostró algo que a mí me ha impresionado mucho: tras tres días de adiestramiento los bebés ya no lloraban cuando se les dejaba solos, pero los niveles de cortisol (la hormona del estrés) eran tan altos como el primer día (en el que sí lloraban). Por el contrario, en las madres sí se producía una disminución de cortisol al tercer día, comparado con el primero. O sea, las madres, al ver que el bebé ya no lloraba, ya no se estresaban. Pero el bebé, aunque ya no lloraba, seguía sufriendo.

—Hay muchísima controversia entre este método y el que está en el extremo contrario que es dormir con los hijos en la misma cama (colechar) ¿Presenta riesgos dormir con los hijos? ¿Existen datos científicos que digan que, efectivamente, puede suceder la muerte súbita, por ejemplo?

El colecho actualmente sólo resulta controvertido en su relación con la muerte súbita del lactante y sólo durante los tres primeros meses de vida del bebé. Algunos investigadores consideran que por sí mismo es un factor de riesgo independiente en este tiempo, mientras que otros consideran que no hay evidencias que demuestren esta relación y que la práctica del colecho realizada en unas condiciones seguras no solo no es peligrosa sino que es protectora. Pero estoy hablando del colecho con los menores de tres meses. A partir de ese momento ya no hay controversia: el colecho es considerado absolutamente saludable y respetable.

—¿Cuándo empiezan, en general, a dormir bien los niños?

—Siempre que al bebé sano se le permita dormir en las condiciones que él necesita y se encuentre bien,«dormirá bien». Esto significa que un bebé recién nacido en íntimo contacto con su madre y con continuo acceso a su pecho dormirá de maravilla porque en sus múltiples microdespertares no necesitará desvelarse del todo para tener acceso a su alimento y sentirse protegido y feliz. Un bebé de 6 meses en las mismas condiciones posiblemente también dormirá de maravilla, aunque se despierte de vez en cuando un poquito y coma un par o tres de veces por la noche, que es lo normal a esta edad.

Un niño de dos años colechando con su madre también dormirá de maravilla y, dado su momento del desarrollo, posiblemente la mayoría de las noches dormirá de «un tirón», o sea, que no nos despertará en toda la noche. Si lo que me pregunta es cuándo dormirá bien en las condiciones que nosotros exigimos, pues dependerá de estas condiciones. Si exigimos que duerma bien colechando con nosotros, es posible que duerma bien desde el primer día. Si exigimos que duerma bien solo, en su habitación, sin molestarnos, es posible que lo haga ya a los dos años, pero también es posible que no lo haga hasta los 4 o 5 años o tal vez más tarde. Dependerá de muchos factores. Aplicando el método Estivill posiblemente lo conseguiremos mucho antes pero ¿A qué precio? Es nuestra responsabilidad saber hasta qué punto podemos exigir o no a nuestro hijo para no superar su capacidad natural de adaptarse a esta exigencia cultural. Lo que el pediatra Oskar Jenni llama respetar su «bondad de ajuste». Y es evidente que obligar a nuestro hijo a dejar de reclamarnos a base de no atenderle tal y como él necesita no es respetar su bondad de ajuste personal.

Por qué no hay que obligar a los bebés a comer: ni el avión, ni el chupete ni engañar con otra cosa

Durante muchos años las pediatras y enfermeros han explicado el tema de la alimentación complementaria de una manera muy imperativa, un “debe” en vez de un “puede”, y las madres han pensado que a partir de los seis meses los niños tenían que comer, sí o sí, lo que se les decía.

Si decían que a partir de los seis meses se introduce la verdura, la fruta, la carne, los cereales, etc., los padres insistían con la cuchara para que sus bebés se lo comieran, y además para que se lo comieran todo, “que el pediatra me ha dicho que tiene que comer 320 ml de papilla”.

Así, los niños llevan décadas viendo cucharas que vuelan como si fueran aviones, dibujos de televisión para que abrir la boca fuera una cosa casi inconsciente e incluso recibiendo un chupete detrás de la cuchara a modo de tapón: cuchara-chupete-traga; cuchara-chupete-traga-respira; cuchara-chupete-traga; cuchara-chupete-traga-respira… todos métodos orientados a obligar a los niños a comer lo que los adultos pensaban que tenían que comer. Pero esto es un error: por qué no hay que obligar a los bebés a comer: ni el avión, ni el chupete ni engañar con otra cosa.

Qué no es la alimentación complementaria

Pues eso. La alimentación complementaria no es empezar a dar a los niños la comida de los mayores porque si no la reciben empezarán a sufrir carencias terribles. No es darles comida con vitaminas porque las necesitan. No es darles verdura, fruta y carne porque ya necesita comer cada día todo ello, así, de un día para el otro. Y tampoco es hacer que se coma la cantidad que el pediatra dice que se tiene que comer porque dice que lo necesita.

Qué es la alimentación complementaria

Pues lo que su propio nombre indica: un complemento. Un complemento no es un vestido. Un complemento es un bolso. ¿Se puede salir a la calle sin un vestido? Sí, poderse se puede, pero lo mismo viene la policía y te llama la atención. ¿Se puede salir a la calle sin bolso? Sí, se puede, la policía no vendrá a decirte que te has dejado el bolso en casa, aunque sí es verdad que es más cómodo llevarlo para meter dentro la cartera, el móvil y otros útiles más o menos necesarios.

Pues la alimentación complementaria es toda aquella alimentación que tiene como objetivo acompañar a la alimentación principal de los bebés, que es la leche materna (o en su defecto la leche artificial). Esto es así hasta el año de vida, más o menos, momento en que el bolso es más importante porque pasa a ser la maleta con la que te irás de vacaciones con la ropa dentro.

Dicho de otro modo: sí, el bebé empieza a necesitar comida porque solo con leche no puede estar hasta el año de vida, pero no la necesita de la noche a la mañana, sino que puede irse añadiendo de manera progresiva. Tampoco necesita una cantidad determinada estándar para todos los bebés en plan “papilla de 300 ml”, porque cada bebé sabe cuánto necesita.

Requerimientos

Un estudio realizado en el año 2000 por Butte contabilizó las calorías que necesitaban los bebés entre los 6 y los 24 meses. Como dato curioso, si observamos el máximo de energía que puede necesitar un bebé varón de seis meses, 779 kcal/día, y la mínima cantidad diaria que puede necesitar un niño varón de 2 años, 729 kcal/día, vemos que un niño de seis meses puede necesitar más cantidad de alimento que uno de 2 años.

Imaginad la hipotética situación en que un niño de 2 años y su primito de 6 meses se sientan juntos para comer y que ambos ingieren prácticamente la misma cantidad de comida. Lo más probable es que el de 2 años reciba un sermón porque “no comes nada” y sea incluso comparado con su primo: “Venga, come. Fíjate en tu primo. Sólo tiene seis meses y come lo mismo que tú”.

Los niños y niñas, por lo tanto y pese a haber cumplido seis meses, tienen que segur comiendo a demanda porque siguen teniendo la capacidad de comer lo que necesitan y cuándo lo necesitan. Esta habilidad, llamada hambre, la tienen desde que nacen y la pierden el día que mueren.

Conocer, descubrir, tocar, probar…

La alimentación complementaria es ofrecer alimentos para que los bebés empiecen a probarlos, a conocer nuevas texturas, colores y sabores, y poco a poco ir pasando de la leche a la comida. Es, poco a poco, ir haciéndose niño; poco a poco, ir comiendo comida de verdad.

¿Verdura? Pues sí, si le gusta, sí. ¿Fruta? También, si le gusta, también. ¿Ternera? Sí le gusta, sí. Pero si no le gusta, pues ya la comerá… no hace falta torturar a un bebé con ello. Se le ofrece un día, y si no le gusta ya se le dará otra vez otro día, y si tampoco, otro día, pasados unos cuantos en que coman otras cosas… al final, a medida que van repitiendo un sabor, lo acaban aceptando.

Alimentacioncomplementaria

Pero no todos, hay algunos que los odian igualmente porque de verdad no les gustan. Pues se apartan de la comida. Comer tiene que ser estimulante y un momento de disfrute: ningún alimento es imprescindible y ningún bebé de 6 meses tiene que comer verdura porque de repente necesita comerla porque si no le faltarán vitaminas o algo así. Además, hay muchos tipos de verdura y muchas frutas diferentes… hay mucho que ofrecer.

A veces no quieren algo a los seis meses y luego al año empiezan a comerlo. A veces pasan años sin probar un alimento y luego, al ver que los mayores lo comemos, empiezan a comerlo también. A veces no comen porque les estamos dando todo triturado y ellos preferirían pasar de la teta a los macarrones. Y a menudo lo hacen, de repente comen, porque nadie les presiona, porque todos los consideran alimentos igual de buenos o válidos que el resto.

Por eso se recomienda que, para que acepten los alimentos, les dejemos a ellos que los cojan y los coman, sin que nadie les fuerce o engañe. Son más listos de lo que pensamos, y a la que los fuerzas, obligas o engañas, piensan que de verdad es algo que está muy malo y empiezan a negarse a comerlo.

Extret de: https://www.bebesymas.com/alimentacion-para-bebes-y-ninos/por-que-no-hay-que-obligar-a-los-bebes-a-comer-ni-el-avion-ni-el-chupete-ni-enganar-con-otra-cosa

Acompanyament emocional

No llores, no pasa nada

Fotografía de una niña de tres o cuatro años llorando sentada en el suelo

Mami, ¿a ti te gusta que yo llore?

Esto es lo que Maia, mi hija de tres años, le preguntó a su madre hace unos días. Esta pregunta y la maravillosa respuesta que Ana le dio —pronto la descubrirás— me han inspirado para escribir esta reflexión sobre la torpeza con la que solemos reaccionar ante el llanto de los niños y sus emociones incómodas.

¿Llorar o no llorar? He ahí la cuestión

En casa, Maia puede llorar todo lo que quiera y lo sabe. Ana y yo creemos que el llanto es la manera que tiene un niño de tres años de expresar sus emociones más incómodas —miedo, rabia, tristeza, frustración, soledad— y nos parece sano dejarla llorar. No tiene nada de malo y por eso no solemos intentar cortar su llanto, sino darle pie a que exprese la emoción que hay tras sus lágrimas.

Sin embargo, no todo el mundo comparte nuestra política ante el llanto infantil. Es muy habitual que cuando un niño llora, sus padres, maestros u otros adultos le digan:

No llores, no pasa nada.

De hecho, cuando Maia llora en la escuela este es el feedback que suele recibir de sus profesoras. Le dicen que no llore, que no pasa nada, e intentan distraerla con lo que pueden.

La intención es buena, pero el resultado no. Lo que están consiguiendo es que Maia piense que a sus profesoras no les gusta que llore. En consecuencia, cuando algo la incómoda y llora en la escuela, siente que está haciendo algo que no está bien. De ahí su pregunta, esa que abre este artículo.

Negar el llanto para evitar las emociones incómodas

En su forma más básica, la naturaleza humana es bastante simple: buscamos lo agradable y evitamos lo desagradable. Por esta razón, desde niños nos enseñan a renegar de las emociones incómodas —que solemos expresar llorando—, puesto que no son plato de buen gusto.

Asimismo, vivimos en una sociedad que idolatra el ideal de la felicidad perpetua y rechaza las emociones incómodas y la vulnerabilidad. Parece como si el mensaje fuera: «Si no te pasas el día con una sonrisa en la boca, algo debes de estar haciendo mal». No está bien visto estar triste ni enfadado ni tener miedo.

Por todo esto, los adultos tendemos a negar, ignorar y ocultar nuestras emociones más incómodas, aquellas que nos hacen sentir vulnerables. Sin embargo, lo peor es que hacemos lo mismo con las emociones difíciles de nuestros niños: en lugar de ayudarles a aceptarlas y enfrentarse a ellas, les enseñamos que deben reprimirlas.

Una respuesta alternativa

¿Tratarías igual a un adulto?

Imagina que una amiga te dice que está muy triste y, entre sollozos, te empieza a contar lo mal que se siente. ¿Le dirías que no siguiera llorando, que se callase y que no pasa nada? ¿Intentarías distraerla mostrándole un vídeo de YouTube o dándole una golosina? Seguro que no.

Tal vez te pondría en una situación incómoda que compartiera contigo esa emoción, pero supongo que intentarías ayudarla a integrar lo que siente y a gestionarlo de la mejor manera posible. ¿No es así?

No siempre estamos bien, aceptemos nuestra vulnerabilidad

No podemos transmitirle a nuestros hijos el mensaje de que deben estar siempre felices y contentos. Por ejemplo, si siempre que tu hija llora para expresar su malestar cortas su llanto, puede asumir que no debe sentirse así. En consecuencia, cuando se sienta mal por algo, tenderá a reprimir la expresión de su emoción porque no está bien visto mostrarla en público.

En cambio, si los adultos permitimos a los niños llorar para expresar su vulnerabilidad y sus emociones incómodas, a medida que crezcan aprenderán a gestionarlas mejor y desarrollarán nuevas estrategias para expresarlas e integrarlas. Al fin y al cabo, no pueden aprender a gestionar aquello que reprimen.

Y es que nos gustaría que el mundo fuera de color de rosa, pero no es así. El rosa se mezcla con el negro, el verde, el azul y el resto de colores del arco iris. Las emociones incómodas son una parte inevitable de la vida, van en el mismo paquete que las agradables. La vida nos regalará momentos dulces y hermosos, pero también nos hará saborear la pérdida, la enfermedad, la vejez y la muerte.

Debemos prepararnos para lo que todas estas experiencias nos harán sentir y más les vale a nuestros hijos que aprendan a navegar con destreza en este mar de emociones cambiantes.

Llora, hija, ¡nosotros te queremos siempre!

Bueno, ¿quieres saber qué le respondió Ana a Maia? No te haré esperar más:

—Mami, ¿a ti te gusta que yo llore?
—Maia, a mí me gustas siempre. Me gustas cuando lloras, cuando te ríes, cuando estás enfadada, cuando estás triste… ¡Me gustas siempre! Si tú tienes ganas de llorar, llora. No importa si me gusta o no.

¡Un aplauso para mi Ana, por favor! Sinceramente, me siento muy afortunado de tener una compañera así en esta aventura de la crianza en particular y de la vida en general.

Mi consejo

En conclusión, la próxima vez que te encuentres con un niño llorando, piénsatelo dos veces antes de decirle que deje de llorar y que no pasa nada. Aprovecha la oportunidad para ayudarle a expresar lo que siente y hacer algo que le ayude a sentirse mejor; pero sin negar ni ignorar esa emoción incómoda por la que llora.

Y es que, como dice mi amiga Montse cuando su hija llora:

¡Déjala que llore, coño! ¿¡Tú sabes el dineral que me he gastado yo en psicólogos para aprender a llorar!?

¡Tienes más razón que una santa, Montse!